Durante el panel “Mentes de la transición energética” en Expo MEiH 2026, especialistas del sector coincidieron en que la transformación energética en México no puede entenderse como un modelo global uniforme, sino como un proceso que debe adaptarse a las condiciones, recursos y necesidades propias del país.
En este sentido, se destacó que cada nación debe construir su propia ruta energética, aprovechando sus ventajas competitivas, reduciendo su huella de carbono y fortaleciendo la resiliencia de su sistema. Para México, esto implica enfrentar una realidad donde cerca del 89% de la energía aún proviene de combustibles fósiles, mientras que más del 90% de la generación eléctrica depende del gas natural importado, principalmente de Estados Unidos.
Esta alta dependencia, señalaron, representa un riesgo estructural en términos de seguridad energética, particularmente ante eventos externos como crisis climáticas o conflictos internacionales. Por ello, uno de los principales retos es avanzar hacia una matriz energética más diversificada, que garantice confiabilidad y reduzca vulnerabilidades.
El panel también subrayó que la transición energética en México está impulsada principalmente por factores económicos más que ambientales. La competitividad industrial, la reducción de costos y la necesidad de asegurar el suministro energético se han convertido en los verdaderos motores del cambio.
En este contexto, se identificaron dos grandes impulsores de la transición: el sector público y la iniciativa privada. Por un lado, el gobierno ha planteado metas ambiciosas, como alcanzar cerca del 40% de generación eléctrica a partir de energías renovables hacia 2030, además de anunciar inversiones superiores a los 23 mil millones de dólares en nueva capacidad de generación.
Por otro lado, la industria privada está acelerando la adopción de energías renovables como una estrategia para garantizar su competitividad. De hecho, se advirtió que proyectos industriales clave —como minería, manufactura o centros de datos— dependen cada vez más de contar con acceso confiable a energía, al punto que la falta de suministro ha provocado la cancelación de inversiones relevantes en el país.
Asimismo, se destacó que México enfrentará un crecimiento acelerado en la demanda eléctrica en los próximos años, impulsado por fenómenos como el nearshoring, la digitalización y el auge de tecnologías como la inteligencia artificial. Este incremento podría alcanzar entre 20% y 30% en un periodo de cinco años, lo que ejercerá una presión significativa sobre la infraestructura energética existente.
Entre los principales desafíos, los especialistas señalaron la necesidad de fortalecer las redes de transmisión y distribución eléctrica, así como mejorar la infraestructura de transporte de gas natural hacia regiones industriales clave. Actualmente, estos factores representan cuellos de botella que limitan el desarrollo de nuevos proyectos.
Finalmente, se destacó que el futuro de la transición energética en México estará estrechamente ligado a la capacidad de generar un entorno regulatorio claro, flexible y atractivo para la inversión. Bajo este escenario, modelos como el autoconsumo, la generación distribuida y el desarrollo de microrredes podrían detonar una nueva ola de crecimiento en el sector energético.
Así, más allá de una tendencia global, la transición energética en México se perfila como una estrategia de supervivencia y competitividad industrial, donde el acceso a energía confiable, asequible y sostenible será el factor decisivo para el desarrollo económico del país.