México sin transición energética para el futuro

Aproximadamente 80% del gas natural que consume México proviene de Texas, y una parte sustantiva se produce mediante técnicas de fractura hidráulica (fracking) en la cuenca Pérmica.

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México se encuentra en la fase de expansión de infraestructura de transporte de gas natural
México se encuentra en la fase de expansión de infraestructura de transporte de gas natural

México está construyendo una de las expansiones de infraestructura de gasoductos más significativas de su historia reciente. Se trata de una intervención necesaria para resolver restricciones de transporte, habilitar nueva generación eléctrica y ampliar la cobertura territorial del gas natural. Sin embargo, la modernización de la red no equivale, por sí misma, a seguridad energética.

En la medida en que el suministro continúe altamente concentrado en Texas y el almacenamiento permanezca limitado, el país estará mejor conectado, pero también será más dependiente y vulnerable ante interrupciones externas. Por ello, la pregunta central no es si México contará con gasoductos —los tendrá—, sino si dispondrá del gas cuando la demanda y las contingencias lo exijan. Con la evidencia disponible, la respuesta continúa siendo incierta.

Los nuevos ductos no mitigan el riesgo nacional

México se encuentra en la fase de expansión de infraestructura de transporte de gas natural más relevante de las últimas décadas: casi 2,250 kilómetros de nueva tubería, una inversión estimada en 140 mil millones de pesos y el objetivo explícito de llevar el combustible a regiones donde hoy no existe cobertura suficiente.

En el papel, el programa representa un paso significativo hacia la modernización; en la práctica, plantea una tensión central: el país mejora su conectividad, pero incrementa su exposición a un riesgo que se origina, de manera silenciosa, al otro lado de la frontera.

La razón es estructural: detrás de cada kilómetro de ducto, de cada megawatt asociado a nuevas centrales eléctricas y de cada cifra que presume mayor capacidad operativa, persiste una realidad ineludible: México depende del gas natural proveniente de Texas.

Esa dependencia no se atenúa con la nueva infraestructura; por el contrario, tiende a profundizarse. A continuación, se presenta un análisis integral del proyecto y de sus implicaciones.

La modernización que llega por tubería

Durante décadas, la red de gasoductos en México envejeció sin una modernización integral. Diversos tramos superan los 45 años de antigüedad; otros operan cerca de su límite y generan saturaciones. En paralelo, regiones completas —el sureste, la península de Yucatán y zonas del centro del país— quedaron rezagadas en el acceso a gas natural.

El nuevo plan de infraestructura pretende corregir ese rezago histórico mediante obras orientadas a eliminar cuellos de botella, ampliar la capacidad de transporte y habilitar el flujo hacia zonas donde antes no era posible.

En el documento base se sintetiza de la siguiente manera:

“7,445 MMPCD de capacidad nueva permiten llevar gas al sureste y centro del país donde hoy no llega”.

Con esa capacidad adicional se busca abastecer 13 nuevas centrales eléctricas (7,890 MW). Sin los ductos, dichas plantas operarían con restricciones; con ellos, pueden disponer del insumo requerido para su funcionamiento.

La modernización contempla también mantenimiento mayor: cerca de 40 mil millones de pesos para rehabilitar ductos con más de cuatro décadas de uso, reduciendo riesgos operativos y fortaleciendo la confiabilidad de la red.

Adicionalmente, los nuevos trazos conectan polos industriales y corredores logísticos vinculados con la relocalización de cadenas productivas (nearshoring), lo que en teoría mejora la competitividad regional.

El gas no es mexicano

Aproximadamente 80% del gas natural que consume México proviene de Texas, y una parte sustantiva se produce mediante técnicas de fractura hidráulica (fracking) en la cuenca Pérmica.

En este contexto, la expansión de gasoductos no implica un incremento de la producción nacional; implica, principalmente, mayor capacidad para recibir gas estadounidense.

El propio documento lo expresa de forma directa:

“Más ductos = más capacidad para recibir gas texano. Importaciones pasarán de 6,758 a 7,642–10,000+ MMPCD.”

La consecuencia es clara: la dependencia tiende a aumentar, no a disminuir.

En términos estratégicos, la inversión se orienta a infraestructura que, si bien es necesaria para el transporte, refuerza el vínculo con un proveedor dominante cuyas prioridades responden a su demanda interna y a su propia dinámica de mercado.

El talón de Aquiles: reservas limitadas

El punto de mayor vulnerabilidad del sistema es la ausencia de almacenamiento estratégico de gas natural.

Actualmente, México dispone de alrededor de 2.4 días de reserva, principalmente asociada al gas en tránsito dentro de los ductos (linepack) y a tres terminales de gas natural licuado (GNL). Con la infraestructura prevista, esa cifra aumentaría a aproximadamente 2.8 días.

La meta oficial es alcanzar 10 días; en Europa, los niveles suelen ubicarse, de manera amplia, entre 20 y 105 días, dependiendo del país y de la temporada.

Según calcularmos, los nuevos ductos aportan solo 0.4 días adicionales de reserva, lejos de la meta de 10 días que el CENAGAS quiere tener.

Esta limitación es crítica porque, ante contingencias como la tormenta invernal Uri (2021), Estados Unidos tiende a priorizar su consumo interno. En ese escenario, México enfrenta recortes abruptos que impactan la generación eléctrica, considerando que una proporción significativa de la electricidad nacional depende del gas natural.

Sin almacenamiento suficiente, el país opera con márgenes estrechos y, por lo tanto, con mayor exposición sistémica.

La presión estructural hacia 2030

Mientras México amplía su red de ductos, Texas atraviesa su propio ciclo de expansión industrial y energética.

El operador eléctrico ERCOT proyecta un aumento relevante de la demanda de gas, asociado a centros de datos, manufactura avanzada, crecimiento industrial y expansión poblacional. En paralelo, Estados Unidos incrementa su capacidad de exportación de GNL, lo que introduce un competidor adicional por el mismo suministro.

De acuerdo con el documento, la presión de demanda incremental combinada (México, Texas y exportaciones de GNL) tendería a elevar precios en la cuenca Pérmica y a limitar la disponibilidad para exportación hacia México:

“La demanda incremental combinada (México +3,500 MMPCD, Texas +6,000–8,000 MMPCD, GNL +12 Bcf/d) presionará los precios en la cuenca Permian y limitará la disponibilidad de gas para exportación a México.”

En términos operativos, México competiría por el mismo gas con el mercado texano y con destinos internacionales, con una desventaja adicional: baja diversificación y escaso almacenamiento.

Pemex promete más gas, pero el margen es limitado

La empresa ha señalado la intención de incrementar la producción de gas seco desde alrededor de 2,300 MMPCD hasta un rango de 4,049 a 5,000 MMPCD hacia 2030.

Para ello, sería necesario revertir la tendencia de los últimos años y considerar recursos no convencionales en regiones como Burgos y Tampico-Misantla, entre otras medidas.

Sin embargo, el punto de partida es exigente:

“México produce solo alrededor de 2,315 MMPCD de gas seco, frente a una demanda de más de 9,000 MMPCD.”

Aun bajo un escenario optimista (5,000 MMPCD), el país continuaría importando una proporción elevada del consumo.

En un escenario base, la dependencia podría ubicarse alrededor de 60%; en uno inercial, por encima de 78%.

Además, con la incorporación de 13 nuevas centrales eléctricas, la demanda total podría aproximarse a 10,200 MMPCD, lo que refuerza la conclusión: la producción nacional, por sí sola, no alcanzaría para cubrir las necesidades previstas.

Gasoductos: necesarios, pero insuficientes

La paradoja del plan es evidente: México puede contar con una red moderna, extensa y con mayor capacidad; sin embargo, ello no modifica el principal condicionante, que es el abastecimiento.

El documento lo sintetiza como advertencia:

“Más ductos no es igual a más capacidad de mover gas. Pero si EUA prioriza su demanda, los ductos estarán ahí, vacíos.”

En consecuencia, los ductos resuelven un problema real —el transporte—, pero no resuelven el problema de fondo: la disponibilidad del suministro ante choques externos.

Un país más conectado, pero igualmente expuesto

El programa de gasoductos constituye una obra de ingeniería relevante: conecta regiones, habilita plantas, fortalece polos industriales y moderniza una red envejecida.

No obstante, no resuelve el problema estructural: México no produce suficiente gas y carece de infraestructura de almacenamiento a gran escala.

En términos comparativos, es equivalente a ampliar la red carretera sin disponer de un parque vehicular propio suficiente ni de espacios de resguardo para garantizar continuidad operativa ante interrupciones.

Elementos indispensables para una estrategia de soberanía energética

Para hablar de soberanía y resiliencia energética se requieren, al menos, tres componentes que hoy no están plenamente desarrollados:

• Almacenamiento estratégico

Desarrollo de cavernas salinas, aprovechamiento de yacimientos agotados e infraestructura asociada.

Alcanzar una meta de 10 días implica almacenar del orden de 102,000 millones de pies cúbicos; a la fecha, no se observa un portafolio de proyectos equivalente en construcción.

• Diversificación de fuentes

Esquemas que permitan complementar el suministro por ducto con alternativas y políticas que reduzcan la exposición mediante sustitución gradual con otras tecnologías, incluida la generación renovable donde sea viable.

• Producción nacional sostenible

Mejora en recuperación y eficiencia, inversión y certidumbre regulatoria.

La expansión hacia recursos no convencionales es una apuesta incierta, mientras que la producción convencional enfrenta declinación.

Ramses Pech

Ramses Pech

Ramses Pech es analista de la industria de energía y economía. Es socio de Caraiva y Asociados-León & Pech Architects.

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