Sin duda alguna, la Inteligencia Artificial es una tecnología que llegó para quedarse. Así como en su momento la aparición de Internet suscitó múltiples debates, hoy la IA tiene los suyos propios. Su incorporación al ecosistema digital obedece, claramente, a una evolución de las tecnologías de la información que, en primera instancia, buscan hacer más sencillas las tareas cotidianas. En otras palabras: automatizar.
Sin embargo, a diferencia de otras tecnologías, la IA llega respaldada por un contexto muy particular: el aumento en el uso de dispositivos por persona y un panorama digital dominado por las aplicaciones, soluciones que complementan, potencian y amplían las capacidades de prácticamente cualquier equipo que adquirimos hoy en día.
En este sentido, para dimensionar el cambio, vale la pena destacar que, hasta antes de la pandemia, una persona en edad estudiantil o laboral tenía acceso, en promedio, a uno o dos dispositivos —computadora y teléfono celular—. No obstante, tras el periodo de aislamiento, el uso de tabletas se disparó, dando paso a una nueva generación que convive de manera casi simultánea con al menos tres equipos.
Este contexto dibuja una nueva realidad en la que estudiantes, universidades, ejecutivos, empleados y empresarios desarrollan gran parte de sus actividades alrededor de un entorno tecnológico que ya nos alcanzó.
La IA, a diferencia de otras etapas del desarrollo tecnológico, llega con un elemento distintivo: la velocidad. Y no me refiero únicamente a la rapidez con la que puede realizar tareas o encontrar información, sino a la velocidad con la que evoluciona.
Hasta hace algunos años, el tiempo entre la aparición de una tecnología y otra podía medirse en años. Basta recordar que Microsoft tardaba varios años en lanzar una nueva versión de Windows o de Office. La llegada de un nuevo sistema operativo o una actualización importante de Word era, prácticamente, motivo de portada en los medios especializados.
Hoy, la Inteligencia Artificial observa esa realidad de reojo y sigue avanzando sin detenerse, llenando nuestros dispositivos de aplicaciones cada vez más potentes, especializadas y prácticamente infinitas en sus posibilidades.
Pero, ¿sobre qué se sustenta la IA? ¿Qué hace posible su presencia? Para entender esta realidad conviene hacer una pausa y analizar el contexto que impulsa esta vorágine tecnológica.
De acuerdo con datos de la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) 2026, del INEGI, la penetración de Internet en México ha crecido de manera sostenida. En 2015 existían 61.4 millones de personas con acceso a la red, mientras que para 2025 la cifra alcanzó los 104.9 millones. El dato deja claro que hoy utilizamos Internet para prácticamente todo.
Sin embargo, el indicador más revelador es el cierre de la brecha digital entre las zonas urbanas y rurales. Mientras que en 2017 la diferencia era de 31.9 puntos porcentuales, para 2025 se redujo a apenas 13.7 puntos. Esto significa que ambos sectores están cada vez más cerca de alcanzar niveles similares de conectividad.
Todo este contexto deja claro que, aun sin comprender plenamente el potencial de la Inteligencia Artificial, esta tecnología ya forma parte de nuestra realidad. Bajo ese escenario, México ha comenzado a dar los primeros pasos para establecer una regulación sobre una tecnología que, siendo honestos, todavía no terminamos de entender o que, en el mejor de los casos, muchos solo hemos utilizado a través de herramientas como ChatGPT.
En México aún no existe una Ley de Inteligencia Artificial aprobada. Sin embargo, nos encontramos en la etapa más avanzada de la discusión legislativa con dos iniciativas sobre la mesa: la denominada Ley Zapata, presentada en el Senado entre abril y mayo de 2026, y la iniciativa impulsada por la diputada Gabriela Jiménez en la Cámara de Diputados, presentada originalmente en abril de 2025 y actualizada en junio de 2026.
La primera contempla una clasificación de riesgos asociados a la IA, prohibiciones relacionadas con la manipulación y la vigilancia masiva sin orden judicial, la creación del Sistema Nacional de Inteligencia Artificial, una Autoridad Nacional en la materia y la incorporación de los llamados neuroderechos.
La segunda propone un desarrollo ético, soberano e inclusivo de la IA; fortalece la protección de los derechos humanos; plantea la creación del Registro Nacional de Sistemas de Inteligencia Artificial (RENIAI) e incorpora la evaluación del impacto algorítmico en niñas, niños y adolescentes.
Para que cualquiera de estas propuestas pudiera convertirse en una Ley General, también se planteó una reforma al artículo 73 de la Constitución, con el propósito de facultar expresamente al Congreso de la Unión para legislar en materia de Inteligencia Artificial.
Tal vez la discusión de fondo no sea si la IA debe regularse o no, sino para qué queremos regularla. Y, sobre todo, preguntarnos quién realmente saldrá beneficiado con ese intento.
Los claroscuros del porqué y del para qué de una regulación son tan grises e inciertos como las motivaciones de quienes hoy impulsan estas iniciativas.
Antes de debatir cuál propuesta resulta mejor, quizá deberíamos preguntarnos si quienes pretenden regular esta tecnología realmente comprenden su funcionamiento y sus alcances.
Porque la Inteligencia Artificial es mucho más que un chatbot.
De acuerdo con diversos especialistas, actualmente la evolución de la IA puede entenderse en al menos seis etapas: Asistente de IA, Computer Use, Agents, AI Vision, Physical AI y, finalmente, Empresa Automatizada. México apenas comienza a transitar la primera de ellas.
A la luz de este contexto, nuestro intento de regulación estaría enfocado únicamente en esa primera etapa: la del Asistente de IA, dejando fuera todas las demás, que sin duda serán determinantes no solo para la vida cotidiana y las futuras generaciones, sino también para la forma en que se harán negocios en los próximos años.
Las presentes líneas no buscan desacreditar las iniciativas existentes. Más bien pretenden abrir un espacio de reflexión sobre el momento en el que nos encontramos y el rumbo que queremos tomar como país frente a una tecnología que evoluciona a una velocidad sin precedentes.
Sin duda, la Inteligencia Artificial llegó para quedarse y sus aplicaciones positivas difícilmente están en discusión. No obstante, debemos procurar que cualquier marco regulatorio no solo sea suficiente para responder a la realidad actual, sino también lo suficientemente flexible y evolutivo para adaptarse a las distintas etapas que están por venir. Además, debería incorporar mecanismos que incentiven su adopción dentro de las empresas, fortaleciendo así la competitividad del país.
No podemos pretender legislar algo que apenas comenzamos a utilizar. Aunque, pensándolo bien… quizá podríamos pedirle a la propia Inteligencia Artificial que redacte la regulación que habrá de gobernarla.