La Promesa del Gas Natural
En el debate sobre la transición energética, el gas natural ha ocupado un lugar especial, a menudo calificado como un «combustible de transición» o «combustible puente». La lógica detrás de esta etiqueta es simple y atractiva: genera aproximadamente la mitad de las emisiones de dióxido de carbono que el carbón al producir electricidad, lo que lo convierte en un paso intermedio en el camino hacia las energías renovables limpias.
Sin embargo, su papel en 2025 ha evolucionado de un simple puente a una pieza central de la matriz energética global. Numerosos países, incluidos los de la Unión Europea y Estados Unidos, han incrementado su dependencia del gas para garantizar su seguridad energética ante la intermitencia de las fuentes solares y eólicas.
El Riesgo del «Anclaje» de la Infraestructura
Esta dependencia genera una paradoja propia de la transición. Si bien el gas natural ayuda a reducir las emisiones de carbono en comparación con el carbón, su infraestructura requiere inversiones masivas a largo plazo. Nuevos gasoductos, terminales de GNL y plantas de energía a gas se están construyendo en todo el mundo con proyecciones de vida útil de 30 a 40 años.
Esta inversión a largo plazo podría «bloquearnos» en una dependencia de combustibles fósiles durante décadas, haciendo que sea económicamente inviable desmantelar esta infraestructura en el futuro. El argumento de que el gas natural es un «puente» se desvanece si las inversiones en él se convierten en una nueva «ancla» para el sistema energético.
El Problema Oculto: Las Emisiones de Metano
Además de la inversión en infraestructura, el gas natural presenta otro problema ambiental que a menudo se subestima: las emisiones de metano. El metano es un potente gas de efecto invernadero, con un potencial de calentamiento global hasta 80 veces superior al del CO2 en los primeros 20 años en la atmósfera. Las fugas en la cadena de suministro de gas natural, desde la extracción hasta el transporte y la distribución, liberan cantidades significativas de este gas.
Si bien la combustión del gas es más limpia que la del carbón, la suma de estas fugas de metano en la cadena de valor podría neutralizar parte de su beneficio ambiental, haciendo que la etiqueta de «limpio» sea cada vez más discutible. La Agencia Internacional de la Energía (IEA) ha llamado la atención sobre este problema, urgiendo a los gobiernos y a la industria a tomar medidas más estrictas para detectar y reparar las fugas.
La Geopolítica en el Centro del Debate
La paradoja se profundiza cuando analizamos la geopolítica del gas. La crisis energética que golpeó a Europa en 2022 y 2023 demostró la vulnerabilidad de depender de un puñado de países productores. Esta dependencia ha llevado a una renovada urgencia por diversificar las fuentes de suministro, lo que ha impulsado la construcción de nuevas terminales de gas natural licuado (GNL) en todo el mundo. Sin embargo, esta búsqueda de seguridad energética a corto plazo podría estar creando una nueva dependencia y posponiendo las inversiones necesarias en energías renovables y en la infraestructura para el hidrógeno, que a largo plazo ofrecerían una verdadera independencia energética.
Conclusiones: Hacia un Futuro sin Anclas
La pregunta es si la inversión en gas natural, en lugar de acelerar la transición, podría estar frenándola. Cada dólar invertido en una planta de gas es un dólar que no se invierte en solar, eólica o hidrógeno verde. En 2025, el gas natural sigue siendo esencial para la estabilidad de las redes eléctricas, pero su papel a largo plazo debe ser reevaluado.
Es hora de dejar de verlo como un simple «puente» y analizar si se está convirtiendo en un ancla para la transición energética, impidiendo la verdadera revolución de las energías limpias. La decisión sobre el futuro del gas natural no es solo económica, sino una de las más cruciales que los líderes mundiales y los inversionistas deben tomar en la próxima década. La transición real exige que la inversión en gas se limite estrictamente a lo necesario para la estabilidad, mientras que la mayor parte del capital se destine a las soluciones verdaderamente sostenibles del futuro.
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