Dominar el hemisferio occidental y sacar de la jugada energética de Latinoamérica a Rusia y China es el objetivo final de la administración de Donald Trump detrás de la detención del ex presidente venezolano Nicolás Maduro y sus advertencias en torno a la toma de poder del sector energético del país sudamericano.
Expertos consultados por Daily Energy y diversos análisis de voces autorizadas en medios de comunicación estadounidenses coinciden en que China podría ser el objetivo final de esta “Doctrina Donroe”, una nueva versión de Trump de una doctrina del siglo XIX que afirmaba la zona de influencia de Washington en América.
“Lo que en todo caso busca Trump es segmentar los hemisferios en una versión algo sui generis de la doctrina Monroe: que América sea para los americanos, pero para los americanos de Estados Unidos, y que al juego no entren China y Rusia. El objetivo es alejar a los mercados asiáticos del acceso al crudo venezolano, lo que implica cortar la cadena logística china. Es frenar el poder de China dejándola sin acceso al crudo venezolano. Si esto se puede lograr o no, es cuestionable”, explica Miriam Grunstein, especialista en temas energéticos y geopolíticos.
En esta misma línea, el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, afirmó que Washington necesita controlar de manera indefinida las ventas y los ingresos petroleros de Venezuela como un mecanismo para impulsar los cambios políticos que desea ver en el país sudamericano.
De acuerdo con un análisis elaborado por Ron Bousso, columnista energético de la agencia internacional Reuters, la estrategia de Trump se implementaría principalmente a expensas de China. Tan sólo el año pasado, el país asiático absorbió alrededor de 400 mil barriles diarios de crudo venezolano, lo que representó más del 50% del total de las exportaciones petroleras de Venezuela y cerca de dos tercios de sus exportaciones sancionadas.
Además, según reportes periodísticos, la administración Trump habría solicitado a la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, romper las relaciones económicas con China como condición para flexibilizar ciertas presiones internacionales.
Sin embargo, China no es el único objetivo de esta ofensiva energética. Esta semana, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos incautaron un petrolero con bandera rusa tras más de dos semanas de persecución a través del Atlántico, como parte de un “bloqueo” impuesto por Washington a las exportaciones petroleras venezolanas.
La incautación ocurrió cerca de Finlandia, en aguas internacionales, luego de que el buque —originalmente llamado Bella-1— eludiera el bloqueo marítimo en el Caribe y rechazara los intentos de la Guardia Costera estadounidense por abordarlo. Posteriormente, la tripulación pintó una bandera rusa en el casco y rebautizó la nave como Marinera.
A este escenario se suman las renovadas amenazas de la administración Trump de apoderarse de Groenlandia, una isla autónoma del Ártico que forma parte de Dinamarca, un movimiento que refuerza la lectura de una estrategia más amplia de control territorial y de recursos energéticos estratégicos.
Todos estos acontecimientos registrados en la última semana están alineados con el documento de la Estrategia de Seguridad Nacional que la Casa Blanca publicó a finales del año pasado. En él se plantea la necesidad de consolidar el dominio de Estados Unidos en el hemisferio occidental, expulsar a competidores estratégicos y restaurar el control estadounidense sobre la energía y las cadenas de suministro.
“Para Estados Unidos, el objetivo fundamental de su política exterior es la supervivencia y la seguridad del pueblo estadounidense. Todo está encaminado a proteger los intereses estratégicos de la Unión Americana y, para lograrlo, el gobierno de Estados Unidos condiciona sus relaciones internacionales a la existencia de gobiernos aliados que permitan el acceso a cadenas de suministro estratégicas”, señala Arturo Carranza, director de proyectos de energía en Akza Consultores.
No obstante, estas ambiciones de dominancia regional podrían tener efectos colaterales importantes. Algunas empresas petroleras estadounidenses podrían convertirse en víctimas involuntarias de esta estrategia geopolítica.
Por ejemplo, si compañías como Exxon Mobil o Chevron firman acuerdos con el gobierno venezolano para invertir en activos que anteriormente pertenecían a empresas chinas o rusas, podrían enfrentar conflictos legales en el futuro, especialmente si se producen cambios políticos o disputas internacionales.
Asimismo, las acciones unilaterales de la administración Trump podrían provocar represalias por parte de China, poniendo en riesgo los activos extranjeros de las empresas estadounidenses.
Las grandes petroleras de Estados Unidos mantienen múltiples operaciones conjuntas con empresas chinas. Exxon Mobil, por ejemplo, es propietaria y operadora de una enorme planta petroquímica en el sur de China, que comenzó operaciones el año pasado tras una inversión cercana a los 10 mil millones de dólares.
De igual forma, Chevron participa en proyectos de exploración y producción en China, además de operaciones de distribución de combustibles y lubricantes. Ambas compañías también cuentan con importantes contratos de suministro de gas natural licuado con compradores chinos, lo que las expone directamente a cualquier escalada en las tensiones entre Washington y Pekín.