El pasado no se apaga: el valor de la memoria energética
El futuro energético no surge de la nada. Se construye sobre los cimientos encendidos por generaciones que dominaron el fuego, el vapor, el petróleo y ahora buscan capturar el sol y el hidrógeno. Cada etapa dejó aprendizajes, infraestructuras y saberes que siguen alimentando el presente. Pensar en una transición energética sin esa memoria sería como reinventar la rueda en cada siglo.
En un momento donde la urgencia climática marca las decisiones, resulta tentador desechar lo viejo en favor de lo limpio. Pero las refinerías, los ductos, las plantas térmicas y las comunidades que crecieron en torno a ellas también forman parte de la ecuación. Su transformación, no su eliminación, es el verdadero desafío.
Legado y responsabilidad: lo que dejamos encendido
Hablar de herencia energética es hablar de responsabilidad. Las decisiones actuales determinarán qué tipo de mundo recibirán las siguientes generaciones: uno con redes limpias, descentralizadas y equitativas, o uno fragmentado por la falta de visión común.
El futuro energético no será solo renovable o fósil, sino intergeneracional. Requiere continuidad, educación técnica, inversión paciente y una ética compartida. Como en toda herencia, lo importante no es solo lo que se recibe, sino lo que se mejora antes de entregarlo.
Hacia un nuevo pacto energético
La transición energética necesita una narrativa que una pasado, presente y futuro. No se trata de negar los combustibles fósiles, sino de transformarlos en cimiento para la nueva era del hidrógeno, la electrificación y la inteligencia energética.
Porque, al final, no hay transición sin memoria. Lo que encendimos ayer ilumina el camino de mañana. La energía, en todas sus formas, es la historia misma de nuestra capacidad para adaptarnos, aprender y avanzar sin olvidar lo que ya nos dio fuerza.
Te invito a leer: