El asombro inicial por la intervención de Estados Unidos en Venezuela el 3 de enero dista mucho de lo que los analistas llevaban meses sospechando. Aunque desde hace 36 años —casualmente también un 3 de enero— Washington no tenía intervención directa sobre un país de América Latina, no sorprende que una figura como Donald Trump haya optado por hacerlo. La historia reciente muestra que este tipo de decisiones rara vez son improvisadas.
En 1989, las fuerzas estadounidenses depusieron al presidente de Panamá, Manuel Noriega, y algo similar ocurrió en Venezuela. En ambos casos, un país latinoamericano ocupa el centro de la agenda de política exterior estadunidense, cosa que rara vez sucede. La intervención en Venezuela no fue un hecho aislado ni improvisado, sino el resultado de décadas de tensiones políticas, económicas y geopolíticas acumuladas que se fueron acumulando hasta llegar a un punto de ruptura. Más que centrarse en el operativo militar, resulta indispensable analizar los antecedentes que explican por qué se llegó a este escenario extremo.
Una relación marcada por la hegemonía
Desde una perspectiva histórica, la relación entre Estados Unidos y Venezuela ha estado marcada por la lógica de hegemonía hemisférica. La Doctrina Monroe y sus reinterpretaciones a lo largo del siglo XX, consolidaron la idea de que América Latina forma parte de las esferas de influencia estratégica de Washington. En ese marco, cualquier gobierno que cuestione abiertamente esa primacía suele ser visto como una amenaza política, económica o de seguridad.
El ascenso de Hugo Chávez al poder en 1999 marcó un quiebre profundo. Su proyecto bolivariano no solo redefinió la política interna venezolana, sino que también buscó reposicionar al país como un actor autónomo frente a Estados Unidos. La nacionalización de sectores estratégicos, especialmente el petrolero, y el discurso de confrontación marcaron el inicio de una relación cada vez más tensa. Con la llegada de Nicolás Maduro al poder, esa confrontación no sólo se mantuvo, sino que se intensificó en un contexto de crisis económica y aislamiento internacional.
Más de 76% de la población se vio sumergida en la pobreza extrema, cerca de nueve millones de venezolanos emigraron y miles más fueron víctimas de persecución política y violencia de Estado. La crisis interna se volvió también una herramienta discursiva para actores externos.
Energía, poder y recursos estratégicos
El petróleo ha sido central en esta historia, pero sería reduccionista analizar un caso tan complejo solo desde la óptica de los recursos naturales. Venezuela posee las mayores reservas probadas del mundo, lo que convierte su estabilidad y el control de su industria energética en un asunto estratégico global. A lo largo de los años, el uso político del petróleo como herramienta diplomática y la creciente presencia de China y Rusia en el sector venezolano encendieron alarmas en Washington.
Más allá del discurso democrático, el factor energético fue estructural en la escalada de tensiones. Además del petróleo, Venezuela posee recursos y minerales clave para la industria militar. No sólo el petróleo es un recurso indispensable para la crisis energética que quiere prevenir Estados Unidos, sino que hacerse de los materiales raros que posee el suelo venezolano le garantiza al país número uno de armas a nivel mundial su hegemonía en este rubro.
Sanciones y estancamiento
Desde la década de 2010, Estados Unidos optó por una presión económica progresiva. Las sanciones financieras, comerciales y petroleras buscaron debilitar al gobierno de Maduro y forzar una transición. Sin embargo, también profundizaron la crisis social al deteriorar las condiciones de vida de la población y reforzaron la narrativa oficial de asedio externo.
Lejos de provocar un cambio inmediato, las sanciones generaron un prolongado estancamiento. El país quedó atrapado entre una élite política resistente y una población cada vez más vulnerable.
Venezuela en la disputa global
En un mundo cada vez más multipolar, Venezuela se volvió un punto de fricción entre Estados Unidos y sus competidores estratégicos. El apoyo financiero y político de China, así como la cooperación militar con Rusia, transformaron al país en símbolo de la disputa por zonas de influencia. Para Washington, permitir su consolidación de estos actores en el Caribe era una línea roja.
En el plano interno estadounidense, la política hacia Venezuela se usó como herramienta discursiva. La narrativa de lucha contra el narcotráfico, la corrupción y el autoritarismo permitió construir un argumento de seguridad nacional que justificó medidas cada vez más agresivas. La acumulación de acusaciones judiciales contra altos funcionarios venezolanos preparó el terreno para una acción directa.
Crisis interna y legitimidad
Venezuela atravesaba una profunda crisis institucional: elecciones cuestionadas, polarización social, debilitamiento del Estado de derecho y migración masiva. Este escenario fue utilizado para argumentar que el país había perdido gobernabilidad y legitimidad, una justificación frecuente en intervenciones internacionales polémicas.
Así, la intervención del 3 de enero de 2026 fue el punto culminante de una larga cadena de decisiones políticas, errores estratégicos y confrontaciones acumuladas. No surgió de la nada ni puede entenderse sin su entramado histórico, económico y geopolítico.
Más allá del debate sobre su legalidad o eficacia, el caso venezolano muestra cómo las tensiones no resueltas, cuando se combinan con intereses estratégicos y rivalidades globales, pueden desembocar en escenarios extremos. Entender por qué se llegó hasta ahí es fundamental para reflexionar sobre el futuro de las relaciones internacionales en América Latina y los límites del poder en un mundo en transformación.
Entre esperanza y escepticismo
Hoy el mundo está dividido: algunos condenan la intervención estadunidense, otros aplauden el protagonismo de Trump para terminar con una dictadura. La comunidad internacional, cuyo perfil bajo ha destacado, insiste que bajo el marco del derecho internacional, cada país debe resolver sus asuntos internos; aunque Venezuela llevaba décadas intentando cambiar su status quo.
Las pocas veces que la oposición ha influido en elecciones o gobernanza, se ha generado aún más crisis social y política. La descentralización, promovida por sectores opositores, terminó fortaleciendo al chavismo.
El régimen ha demostrado capacidad para sostener una base leal, ya sea por conveniencia o miedo, pero leales siempre. Conserva redes de inteligencia y poder económico, y la lealtad de las fuerzas armadas impidió durante años un golpe de Estado.
Todo lo que dio pie a la situación actual podría generar un desenlace distinto, pero muchos son escépticos. En varias ocasiones, cuando parecía haber cambio, nada ocurrió. Las personas venezolanas, una vez más, se encuentran en una situación donde la expectativa se renueva, el desenlace se posterga y el ciclo vuelve a empezar. La atención se convierte en un recurso escaso y el estancamiento, en una forma aceptable de estabilidad.