Las metáforas suelen ser imprecisas, pero en este caso resulta útil: el petróleo es la sangre de la economía global. Cuando su flujo se interrumpe, incluso de manera temporal, el sistema resiente el impacto. Entre más prolongada la interrupción, mayor el daño.
Durante varias décadas, el sistema energético operó bajo una premisa implícita: el petróleo seguiría fluyendo, aun atravesando regiones inestables. No porque los conflictos desaparecieran, sino porque existía la capacidad de gestionarlos sin interrumpir el tránsito. El Golfo Pérsico fue el ejemplo más claro: un espacio en tensión permanente que, sin embargo, mantenía una estabilidad funcional. Durante años, se especuló sobre el posible cierre del Estrecho de Ormuz, hasta que su cierre dejó de ser una hipótesis remota.
Esa estabilidad no era natural. Era el resultado de una arquitectura concreta: presencia militar, dominio financiero, control de rutas críticas y una red de infraestructuras diseñada para absorber impactos. El riesgo no se eliminaba; se contenía. Y durante décadas, esa contención fue suficiente para sostener una ilusión de normalidad. Esa ilusión tenía un nombre: hegemonía. Los mercados energéticos nunca han sido libres en sentido estricto; dependen de una capacidad de coerción que garantice, en última instancia, la circulación.
Hoy, esa premisa se erosiona. No porque el petróleo haya dejado de ser central, sino porque sigue siéndolo. La economía global continúa profundamente anclada a él: transporte marítimo, aviación, petroquímica, minería, agricultura, fertilizantes, manufactura. La complejidad de la civilización contemporánea no funciona sin hidrocarburos. Y, sin embargo, la capacidad de garantizar su circulación se ha vuelto más frágil.
En 2021, el encallamiento de un buque en el Canal de Suez funcionó como un trombo en una arteria del sistema global. No hubo guerra ni sabotaje: sólo un accidente logístico. El flujo se restableció relativamente rápido y el daño fue limitado. Años después, los ataques en el mar Rojo mostraron un escenario distinto: no un bloqueo total, sino un aumento del riesgo. El comercio se desvió, los costos aumentaron, pero el sistema logró adaptarse.
El problema es que no todos los nodos son sustituibles. El Estrecho de Ormuz no es simplemente una ruta marítima: es un punto donde convergen producción, transporte y geopolítica. Su relevancia no radica sólo en el volumen que lo atraviesa, sino en la imposibilidad de reemplazarlo en el corto plazo. No hay redundancia suficiente. No existen alternativas equivalentes.
Esto introduce una fragilidad estructural. El sistema no necesita colapsar para entrar en crisis; basta con que el flujo se vuelva incierto. Los mercados energéticos reaccionan al riesgo tanto como a la escasez. El transporte depende de seguros y previsibilidad. La refinación exige continuidad. En un sistema altamente interconectado, la incertidumbre se propaga más rápido que cualquier interrupción física.
Estamos ante un cambio de época. El tránsito energético ya no está garantizado por condiciones permanentes, sino por equilibrios inestables, acuerdos temporales y decisiones reversibles. Durante décadas, la seguridad energética significaba asegurar el suministro frente a amenazas externas. Hoy significa algo distinto: evitar que ciertos nodos se conviertan en puntos de ruptura.
En este nuevo contexto, el poder también cambia de forma. Ya no se expresa únicamente en la capacidad de dominar el sistema, sino en la posibilidad de condicionarlo. Quien puede interrumpir, o permitir, el flujo en un punto crítico adquiere una influencia desproporcionada. No es necesario controlar toda la red; basta con una amenaza seria de disrupción. Ormuz no es sólo un potencial rehén, es un cuello de botella estructural, la auténtica aorta del metabolismo energético global.
La transición energética no elimina esta situación. Ha transformado algunos segmentos de la economía global, pero no ha sustituido los usos más intensivos del petróleo. Además, depende de cadenas industriales que siguen siendo profundamente fósiles. La transición ocurre dentro del sistema existente, no fuera de él. Por lo tanto, reproduce sus tensiones.
Lo que emerge es un sistema que continúa siendo profundamente dependiente del petróleo, pero que enfrenta mayores dificultades para sostener su circulación de forma estable. No por escasez física de recursos (al menos no de forma inmediata), sino por la creciente dificultad de mantener abiertas, de manera continua, las rutas que lo hacen posible. Esto redefine la estabilidad. Ya no es un estado permanente, sino una condición que debe producirse constantemente. No es el resultado de una arquitectura sólida, sino de la gestión continua de tensiones que no pueden resolverse del todo.
El petróleo sigue fluyendo. Pero, cada vez más, lo hace bajo condiciones que revelan la fragilidad de ese flujo. Y esa fragilidad no es una anomalía pasajera. Es una característica estructural del sistema en el que todavía vivimos.
Estamos en transición hacia un nuevo orden. Tal vez, en el futuro, surja alguna forma de estabilidad. Por ahora, nos encontramos en un interregno, descrito con precisión por Gramsci: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”.