La asistencia de la presidenta Claudia Sheinbaum a la final de la Copa del Mundo generó un intenso debate. Para algunos fue un viaje innecesario; para otros, una oportunidad política. En mi opinión, fue la decisión correcta.
Un jefe de Estado no acude a un evento de esta magnitud únicamente como aficionado. Acude porque los grandes acontecimientos deportivos también son escenarios de diplomacia. El Mundial dejó de ser hace mucho tiempo un torneo de fútbol para convertirse en una plataforma donde se construyen relaciones, se fortalecen alianzas y se proyecta la imagen de los países ante el mundo.
La final reunió a líderes como el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, el rey Felipe VI de España y el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez. En ese contexto, la presencia de la mandataria mexicana no fue un gesto protocolario, sino una oportunidad para sostener conversaciones informales y reforzar el diálogo político en un momento clave para la relación con sus principales socios. De hecho, Sheinbaum aprovechó el encuentro para abordar temas comerciales con Estados Unidos y Canadá, incluida la revisión del T-MEC.
El Mundial también sirvió para consolidar el reciente acercamiento entre México y España. Después de años de distanciamiento diplomático, ambos países han iniciado una nueva etapa basada en el pragmatismo y la cooperación. La reunión previa entre Sheinbaum y el rey Felipe VI marcó el inicio de esa normalización, y el ambiente de cordialidad durante la final confirmó que existe voluntad política para dejar atrás las tensiones del pasado.
Además, el torneo permitió proyectar una imagen positiva de México. En un contexto donde el país enfrentaba cuestionamientos sobre seguridad y organización, diversos líderes internacionales reconocieron el papel de México como coanfitrión del Mundial y destacaron su capacidad para recibir uno de los eventos más importantes del planeta.
La diplomacia moderna ya no se limita a las cumbres oficiales o a las reuniones en salones de gobierno. También se ejerce en foros económicos, eventos culturales y competiciones deportivas capaces de reunir, en un mismo espacio, a quienes toman las decisiones más relevantes del escenario internacional.
Por ello, reducir la asistencia de la presidenta a una discusión sobre si “debía ir o no al partido” es perder de vista el fondo. Los jefes de Estado representan a sus países donde se construyen oportunidades. Y, en esta ocasión, el Mundial fue mucho más que un espectáculo deportivo: fue una vitrina para fortalecer la posición internacional de México y para demostrar que, en política exterior, el diálogo suele abrir más puertas que la ausencia.