Petroestado Estadounidense vs Electroestado Chino

Estamos ante el enfrentamiento de dos imperios en un contexto donde la electricidad concentra ya cerca del 60% de la inversión energética mundial, frente a un tercio hace diez años, y aun así el planeta consume más petróleo que nunca.

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David Gallegos
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Las estadísticas de inversión energética sólo alimentan un optimismo agridulce. Según el Foro Económico Mundial, la inversión mundial en energías limpias ronda ya los 3.3 billones de dólares y cerca de 2.3 billones se dirigen a tecnología, más del doble de lo que reciben los hidrocarburos. Con esas cifras, suele deducirse que las energías verdes ganaron y que el futuro será sustentable. Pero las cosas no siempre son lo que parecen.

En dos años, el sistema energético mundial se fracturó en dos bloques que compiten por el poder. La energía abandonó su breve etapa de mercancía y recuperó su condición de instrumento geopolítico, hoy ordenado en torno a dos arquetipos enfrentados: Estados Unidos que apuesta por la abundancia de hidrocarburos y por ello le llamo el “Petroestado”; y China siendo el primer “Electroestado” de la historia, dueño de la cadena eléctrica entera, desde el mineral hasta el vehículo.

Dos herejías simétricas

Ambas potencias practican lo contrario de lo que predican. Estados Unidos, promotor del libre mercado, moviliza el aparato del Estado para apuntalar el petróleo y el gas mediante órdenes ejecutivas, aranceles, reservas estratégicas y el desmantelamiento de los subsidios a las renovables. Su producción de crudo alcanzó un récord de 13.6 millones de barriles diarios en 2025 y sus exportaciones de gas natural licuado rebasaron por primera vez los 100 millones de toneladas. La paradoja es que su propio mercado siguió electrificándose al margen de la Casa Blanca pues las renovables aportaron la mayor parte de la nueva capacidad instalada y la energía solar ya compite en precio sin subsidios.

China, a la inversa, se presenta como referente en materia climática y ha convertido la energía limpia en un eje de su política industrial, un mercado colosal que aspira a dominar de extremo a extremo. Joy fabrica más del 80% de los paneles solares, las turbinas y las baterías del planeta y desembolsó unos 80 mil millones de dólares en tecnología limpia fuera de sus fronteras en 2025. Pero su plan quinquenal, en cambio, relajó los compromisos sobre el carbón y fijó una meta de intensidad de carbono más laxa que la anterior. El autoproclamado líder verde seguirá quemando carbón durante años.

En ambos casos, la coherencia ideológica cedió al cálculo estratégico.

La lección de Ormuz

En el año 2026, la realpolitik tomó el control del sector energético global. La guerra con Irán y el cierre de facto del Estrecho de Ormuz, ruta de cerca del 27% del crudo que se transporta por mar, provocaron una de las mayores interrupciones de suministro de la historia. El barril se disparó y el mundo redescubrió que una quinta parte de su petróleo depende de un canal de apenas 33 kilómetros de ancho.

El episodio operó como una radiografía de ambos modelos. En lo inmediato favoreció al Petroestado quien, como exportador neto, quedó protegido y ganó como proveedor de sus aliados. A mediano plazo, en cambio, confirmó la apuesta del Electroestado. Un solo estrecho basta para asfixiar una economía, y China concluyó hace tiempo que su seguridad energética consiste en prescindir del petróleo. Como mayor importador del planeta, más expuesto que Washington, Pekín lleva años respondiendo con oleoductos rusos y una electrificación que recorta año con año su dependencia del crudo.

Por otro lado, el optimismo de la transición energética descansa sobre una confusión estadística que conviene deshacer. En su dimensión tecnológica, resulta indiscutible que el costo de la energía solar cayó cerca del 90% en una década y el de las baterías, otro tanto. Como proyecto climático coordinado, sin embargo, se ha revelado un espejismo. La Agencia Internacional de Energía anticipa 2.5 millones de barriles diarios adicionales de aquí a 2030, y el carbón alcanzará un máximo histórico de 169 QBtu en 2024. Si bien las renovables crecen, lo hacen encima de un consumo fósil que no para de aumentar.

Las tierras raras y el nuevo mapa del poder

Deng Xiaoping anticipó en 1992 dijo una frase que se volvió célebre: “Medio Oriente tiene petróleo; China tiene tierras raras”. Hoy China domina la producción de 30 de los 44 minerales críticos con estimaciones fiables, y una participación promedio superior al 70% y el 93% de la manufactura mundial de imanes permanentes, una concentración que rebasa incluso la que la OPEP alcanzó en su apogeo. Y Pekín ha mostrado disposición a usar esa ventaja imponiendo controles a la exportación de tierras raras como represalia comercial en 2025.

Washington respondió con el mismo reflejo intervencionista que reprocha a sus rivales. Ha recurrido a reservas públicas a través del Project Vault, de 12 mil millones de dólares, y establece precios garantizados a un bloque de aliados para reducir la dependencia del monopolio chino. Así, el eje de la competencia se desplazó del petróleo de Medio Oriente al litio sudamericano, el cobalto del Congo y las refinerías chinas de tierras raras. Lo preocupante es que mientras la era del petróleo, desarrolló instituciones para gestionar sus tensiones, la de los minerales críticos avanza mucho más rápido, con una demanda creciente y sin un andamiaje institucional comparable.

¿Y México…?

México no puede ser un mero espectador de esta disputa. En un mundo escindido en dos bloques energéticos, el desenlace lo escribirán las potencias medias que elijan entre una oferta y otra, y nuestro país se cuenta entre ellas. Tiene litio y una integración privilegiada con Norteamérica. Rara vez coinciden el recurso y la posición  en un mismo país.

El problema es que México ya está eligiendo, y lo hace por inercia, apostando por el pasado. Mientras Estados Unidos destina cerca del 60% de su inversión energética a la electricidad y China alrededor de dos tercios, en México dos terceras partes del capital del sector energético siguen atadas a Pemex y al petróleo. Peor aún, ese capital permanece cautivo en un monopolio estatal con una deuda monumental.

La visión de México tendría que ser estratégica antes que ideológica. Hoy más allá de la riqueza del subsuelo, es primordial la inteligencia con que una nación logra aprovechar sus recursos para producir prosperidad incluyente. Y si bien, México todavía conserva margen para decidir, esa ventana no permanecerá abierta indefinidamente. Los costos de lo que hoy se decida afectarán a las próximas generaciones.

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David Gallegos Rubio

David Gallegos Rubio

Lic. Relaciones Internacionales, UNAM. Mtro. Economía y Ciencia Política, ESEADE.

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