Brasil enfrenta una de las elecciones más trascendentales de su historia reciente. Lo que está en juego no es únicamente quién ocupará el Palacio de Planalto, sino la dirección política de la mayor democracia de América Latina en una época marcada por la polarización, el desencanto ciudadano y el auge global de los populismos. Tras la primera vuelta, Flávio Bolsonaro, heredero político de su padre Jair Bolsonaro, llegó con ventaja al balotaje frente a Luiz Inácio Lula da Silva, respaldado además por una derecha fortalecida en el Congreso.
La pregunta central no es si Brasil girará más a la derecha. Eso ya ocurrió. La verdadera interrogante es si ese giro puede transformarse en una deriva neofascista capaz de erosionar gradualmente las instituciones democráticas desde dentro ya que si Bolsonaro gana la segunda vuelta ocuparía congreso, senado y presidencia.
El fenómeno no debe analizarse únicamente a partir de etiquetas ideológicas. El bolsonarismo ha demostrado ser mucho más que un movimiento electoral; se ha convertido en una identidad política que combina nacionalismo, culto al liderazgo, desconfianza hacia la prensa, confrontación con el Poder Judicial y una narrativa permanente de enemigos internos y externos. Diversos estudios advierten que esta corriente ha sobrevivido incluso a la derrota electoral y a los procesos judiciales contra Jair Bolsonaro, consolidándose como una fuerza estructural dentro de la política brasileña.
Por supuesto, afirmar que una eventual victoria de Bolsonaro convertiría automáticamente a Brasil en un régimen fascista sería una exageración. Las democracias modernas no suelen desaparecer de un día para otro. Su deterioro suele ser gradual: comienza con la captura de instituciones, la deslegitimación de contrapesos y la normalización de discursos que presentan al adversario político como una amenaza existencial. Precisamente por eso preocupa que sectores del bolsonarismo sigan reivindicando a figuras involucradas en los intentos de desconocer los resultados electorales de 2022 y promuevan iniciativas para reconfigurar el equilibrio institucional del país.
Brasil ya vivió una advertencia el 8 de enero de 2023, cuando miles de simpatizantes radicalizados asaltaron las sedes de los poderes de la Unión. Aquella imagen recordó que incluso las democracias más grandes pueden ser vulnerables cuando el discurso político deja de reconocer la legitimidad del rival.
La elección del 25 de octubre definirá mucho más que un gobierno. Definirá si Brasil continúa siendo una democracia imperfecta pero plural, o si se convierte en el laboratorio latinoamericano de una nueva derecha radical que, bajo métodos democráticos, podría vaciar de contenido a la propia democracia.
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