Durante años, la discusión sobre el T-MEC giró en torno a reglas de origen, salarios, integración productiva y acceso a mercados. Hoy, sin embargo, la revisión del acuerdo tiene un protagonista inesperado: China. Aunque Pekín no forma parte del tratado, se ha convertido en el tema que gravita sobre cada conversación entre México y Estados Unidos. El verdadero debate ya no es únicamente comercial; es geopolítico.
La reciente postergación de la cuarta ronda de negociaciones entre ambos países coincidió con la visita del presidente Xi Jinping a Washington, un recordatorio de que la relación entre las dos mayores economías del mundo condiciona cada vez más las decisiones de América del Norte.
México se encuentra en una posición particularmente compleja. Por un lado, Estados Unidos sigue siendo, por mucho, su principal mercado y socio estratégico. Más del 80% de las exportaciones mexicanas tienen como destino la economía estadounidense, mientras el país se ha consolidado como el principal socio comercial de Washington.
Por otro lado, la presencia china en la economía mexicana continúa creciendo. Las importaciones provenientes de China ya superan ampliamente las exportaciones mexicanas hacia ese país, generando una dependencia difícil de ignorar.
La preocupación de Washington es evidente. La administración Trump busca endurecer controles sobre inversiones asiáticas, fortalecer reglas de origen y evitar que productos chinos utilicen a México como plataforma indirecta para acceder al mercado norteamericano. En el fondo, Estados Unidos intenta convertir al T-MEC en una herramienta de seguridad económica, no solo de libre comercio.
Para México, el desafío consiste en evitar una falsa elección entre sus dos principales polos de influencia económica. La integración con Estados Unidos es irremplazable, pero cerrar completamente la puerta a China tampoco parece realista en un mundo cada vez más multipolar.
La revisión del T-MEC revela una verdad incómoda: el futuro económico de México ya no depende únicamente de lo que negocie con Washington, sino de cómo administre la creciente rivalidad entre Washington y Pekín. China no está sentada en la mesa de negociación, pero su sombra se proyecta sobre cada acuerdo, cada arancel y cada decisión estratégica. Es, en efecto, el elefante en la sala.