Aturdidos por el vértigo noticioso e informativo, que es uno de los distintivos principales de la época en que ahora vivimos, varios observadores y comentaristas dentro y fuera de México consideraron que la llegada a la Casa Blanca de Donald J. Trump significaría una contundente reversa a las políticas pro medio ambientalistas y de promoción de la llamada economía verde que el presidente Joseph Biden había implementado durante su administración; afectando así, en forma dramática, el ritmo de la transición energética —la descarbonización gradual de la economía— no sólo en Estados Unidos, sino en el mundo en general.
Sin embargo, lo cierto es que, en el campo de la energía es importante no hacer caso sólo al ruido inmediatista, sino aprender a ver el contexto completo y, sobre todo, a entender el sentido de las tendencias.
El crecimiento de las renovables frente al ruido político
De este modo, con mayor agudeza analítica, muchos de esos atemorizados observadores por el inicio de la segunda administración Trump, hubieran advertido que, incluso durante el primer período del presidente Trump, el cual inició con la espectacular salida de Estados Unidos del Acuerdo de París (tratado sobre cambio climático, jurídicamente vinculante, en vigor desde noviembre de 2016, firmado por la inmensa mayoría de los países y orientado a combatir el calentamiento global), la generación de energía renovable no hizo sino crecer.
Entre 2016 y 2020, la generación de electricidad con base en fuentes renovables (solar, eólica, hidráulica, biomasa y geotermia) creció en 50%, para representar 21% del total del origen de la electricidad estadounidense, sólo superado por el gas natural (40%), según datos de la Administración de Información de Energía (EIA).
De la misma forma, quienes argumentaron que, en esta segunda administración, un muy reforzado presidente Trump —con el control de ambas cámaras del Congreso y una ampliada base electoral de apoyo— tendría éxito en frenar y revertir el crecimiento de la producción de energías renovables en su país. Estas personas estarán sorprendidas con las cifras que no sólo desmienten tal pronóstico, sino que incluso apuntan a un auténtico boom.
La consultoría especializada BloombergNEF afirma que, pese a la cancelación de créditos, bonos y demás apoyos federales, la energía solar, eólica y en baterías crecerá 10% en 2026 y que sigue aumentando la cantidad de hogares instalando paneles solares y empresas embarcándose en proyectos de energía renovable.
Tendencias globales y caída de costos
Si lo anterior sucede incluso en Estados Unidos, que ha reclamado su lugar como el principal impulsor global de la energía de origen fósil, en el resto del mundo observamos una expansión que rompe récords: en sólo 10 años, la proporción de electricidad generada con base en energía renovable a nivel mundial pasó de 23% del total en 2015 a 41% este año. Algunos países despuntan de forma clara: Noruega, España y Chile ya originan, respectivamente, 98%, 43% y 42% del total de su electricidad con fuentes renovables, según la Agencia Internacional de Energía; la cual también señala que, en 2024, el 14.82% del consumo global de energía primaria —electricidad, transporte y calefacción— vino de fuentes renovables.
Todo lo anterior no significa que los obstáculos políticos, sociales y económicos que están surgiendo y/o puedan surgir en los próximos años no puedan retardar o hacer más accidentado o sinuoso el avance de la generación y consumo de energías renovables. Pero amén de la creciente conciencia y convicción en la gran mayoría de los países y sociedades sobre la importancia de impulsar y acelerar la transición energética, que implica la descarbonización de la economía, que es la reducción del uso de energía de origen fósil, a la luz de los efectos cada vez más palpables (y padecidos) del cambio climático.
Subyace también un factor que impulsará vigorosamente, por sí mismo, este paso hacia las energías renovables: la caída dramática en el costo de generación de la energía solar (más de 80% en una década) y de las baterías de los autos eléctricos (más de 70% desde 2014). Esta racionalidad económica impulsará a los ciudadanos y sociedades a presionar a sus gobiernos para no detener la transición energética, incluso en contextos políticos complejos y en países como, según hemos visto en esta ocasión, Estados Unidos.