A pesar de contar con una posición estratégica a nivel global y con recursos energéticos de alto valor, México sigue desempeñando un papel de cliente frente a Estados Unidos en materia de hidrocarburos, mientras mantiene al petróleo como eje central de su modelo de desarrollo.
Bajo este contexto, y en un entorno donde la volatilidad se ha convertido en la nueva normalidad del mercado energético, el país podría enfrentar altos costos por no incorporar la transición energética como un elemento clave de su competitividad, advirtió Isabel Studer, presidenta de Sostenibilidad Global, durante su participación en Expo MEIH, en la ponencia “México 2030, sustentabilidad y sostenibilidad en acción”.
“México sigue apostando al petróleo como palanca de desarrollo en un momento en que el mundo está reorganizando sus cadenas de suministro energético. Cada peso que se invierte en PEMEX es un peso que no se destina a redes de transmisión, almacenamiento, energías renovables o eficiencia energética”, señaló la especialista.

Studer subrayó que esta estrategia ocurre en un contexto de electrificación global, donde México enfrenta una oferta limitada de electricidad y no ha logrado capitalizar estos activos mediante políticas integrales, pese a contar con ventajas como su cercanía con el mayor mercado del mundo, un tratado comercial vigente, minerales críticos y un alto potencial solar y eólico.
“No es ideología, es una restricción presupuestal con consecuencias directas sobre qué tipo de transición es posible en el país”, afirmó.
La experta recordó que el supuesto “gas barato” ha demostrado ser altamente volátil.
Como ejemplo, mencionó que en 2022 el precio del gas en Europa se multiplicó por 15 a raíz de la guerra en Ucrania, a esto se suman factores actuales como el conflicto en Irán, las tensiones en el Estrecho de Ormuz y la creciente politización de los gasoductos, lo que confirma que la volatilidad energética dejó de ser una excepción para convertirse en la regla.
“No estoy diciendo que el gas no sea barato hoy, lo que digo es que nadie puede garantizar que lo será en los próximos años”, advirtió.
Actualmente, más del 70% del gas que consume México es importado de Estados Unidos, lo que incrementa su exposición a tensiones geopolíticas externas.
En contraste, apuntó que las energías renovables no sólo ofrecen costos más bajos, sino mayor certidumbre en el largo plazo.
Desde su perspectiva, la transición energética ha dejado de ser un tema ambiental para convertirse en una disputa por el liderazgo industrial, geopolítico y tecnológico del siglo XXI.
Bajo este panorama, la especialista señaló que tiene una triple vulnerabilidad: la primera es la dependencia energética, seguida de la vulnerabilidad climática y la brecha de financiamiento para cubrir metas climaticas.
México, explicó, se calienta a un ritmo de 3.2 grados centígrados por siglo, por encima del promedio global de 2 grados, lo que incrementa la demanda energética en un sistema que ya opera al límite. Además, cerca de 40 millones de personas viven en pobreza energética, siendo especialmente vulnerables a olas de calor cada vez más intensas.
“Los próximos cuatro años hacia 2030 representan una ventana de oportunidad única. Las decisiones de inversión, posicionamiento y diseño de cadenas de suministro que se tomen hoy definirán si México se convierte en un hub de energía limpia y manufactura sostenible o si pierde esa oportunidad”, concluyó.