China no es opción; es consecuencia

Frente al proteccionismo comercial de Estados Unidos hacia Canadá, hoy China ofrece ser un socio que da resultados concretos y cuantificables, aunque no exentos de riesgos.

Hace 1 hora
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China no es opción; es consecuencia
China no es opción; es consecuencia

En energía y poder, casi nada ocurre por accidente. La reciente declaración del primer ministro canadiense Mark Carney de que la relación con China es “más predecible” que la que mantiene su país con Estados Unidos no es un dato diplomático curioso, sino una radiografía de la nueva normalidad geopolítica y, sobre todo, una confesión tácita sobre la erosión de la influencia estadounidense en el orden económico global.

El contexto no puede ser más revelador. Tras años de tensiones bilaterales marcadas por detenciones y aranceles, Canadá y China han acordado recientemente una reducción de barreras comerciales que incluye permitir la entrada de vehículos eléctricos chinos con tarifas reducidas y la rebaja de aranceles chinos sobre productos agrícolas canadienses como la colza, los mariscos y los guisantes.

Ese marco comercial no surge en el vacío. Surge en contraposición a una relación estadounidense cada vez más tensa y errática. El propio Donald Trump ha impuesto aranceles a productos canadienses, ha sugerido retóricamente que Canadá “podría ser el estado 51 de los Estados Unidos” y ha generado, con su política proteccionista y su imprevisibilidad retórica, un clima de desconfianza entre los aliados tradicionales.

Carney, un exbanquero convertido en Primer Ministro, no es un ideólogo pro-Beijing, ni pretende reinventar la historia de la diplomacia occidental. Su lectura es pragmática: cuando el principal socio económico recurre a tácticas proteccionistas e impredecibles, mirar hacia otro lado no es una frivolidad, sino una obligación estratégica. China ha demostrado, en este caso, que una negociación con Pekín ofrece resultados concretos y cuantificables, aunque no exentos de riesgos; y que con Washington, al menos en el actual ciclo político, los resultados dependen del tuiteo del momento más que de una política coherente y sostenible.

¿Significa eso que China sea un socio confiable o alineado en términos de valores democráticos? Evidentemente no. Pekín no disimula sus intereses ni sus mecanismos de control; simplemente los expone con claridad y constancia, lo que desde el punto de vista de Ottawa se traduce en “previsibilidad”. La predictibilidad china no es liberalidad, es racionalidad estratégica calculada: un socio que negocia conforme a un plan a largo plazo, aunque ese plan pueda ser profundamente asimétrico.

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Por el contrario, la relación con Estados Unidos bajo Trump ha sido, incluso para aliados cercanos como Canadá, una sucesión de vaivenes. Hay aranceles repentinos, amenazas veladas sobre acuerdos comerciales y una narrativa fragmentada que mezcla retórica proteccionista con invitaciones ambiguas a negociar. Un socio que cambia de dirección según el viento político interno no es impredecible por accidente: es impredecible por diseño.

Eso explica la lógica detrás del giro canadiense. No es que China sea la opción ideal; es que Estados Unidos, en su actual ciclo político, no se presenta como un pilar estable sobre el cual sostener una estrategia económica consistente. Eso obliga a países como Canadá a adaptar sus vínculos, no por afinidad estratégica con Pekín, sino por necesidad pragmática frente a la volatilidad estadounidense.

El acuerdo comercial —que abre la puerta a 49,000 vehículos eléctricos chinos con tarifas reducidas y disminuye dramáticamente los aranceles sobre productos agrícolas canadienses— no es un tratado monumental que altere de raíz el equilibrio global. Pero sí es un síntoma inequívoco de que Estados Unidos está perdiendo su posición de interlocutor indispensable para países que históricamente han dependido de su estabilidad y predictibilidad.

Canadá no renuncia a su alianza con Estados Unidos; lo que está haciendo es diversificar riesgos y equilibrar exposición en un entorno donde la política estadounidense, bajo Trump, ha demostrado ser tan impredecible como proteccionista. En ese sentido, la apuesta por China no es una declaración de fe, sino una estrategia de supervivencia y posicionamiento en un mundo donde los flujos comerciales se fragmentan y las viejas certezas ya no lo son.

La geopolítica de la energía y el comercio, cuando se mira entre líneas, revela siempre una tensión entre predictibilidad teórica y predictibilidad real. China ofrece reglas claras dentro de su propio sistema de poder; Estados Unidos ofrece reglas ambiguas sujetas a la volatilidad política interna. Esa diferencia, más que ideológica, es una diferencia de riesgo y certidumbre operativa en un sistema global cada vez más multipolar.

El poder nunca se retira: sólo cambia de forma.

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Alonso García Puentes

Alonso García Puentes

Periodista y ex conductor de televisión en Estados Unidos, con experiencia en análisis político, comunicación estratégica y desarrollo de proyectos mediáticos y de RP a nivel gubernamental en Chile y EUA.

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