Más allá de su ubicación estratégica en el Ártico, el interés de Donald Trump por Groenlandia responde a la enorme riqueza de recursos naturales que alberga la isla más grande del planeta, clave tanto para la seguridad energética como para la transición tecnológica global, advierten especialistas.
Groenlandia concentra materias primas fundamentales como litio y elementos de tierras raras, insumos críticos para vehículos eléctricos, energías renovables, sistemas de defensa avanzados y electrónica de alta tecnología, cuya producción global es limitada y altamente sensible desde el punto de vista ambiental y geopolítico.
Al menos tres yacimientos de tierras raras, ubicados bajo capas profundas de hielo, podrían figurar entre los más grandes del mundo por volumen, con un alto potencial para la fabricación de baterías y componentes eléctricos esenciales para la descarbonización de la economía.
A ello se suma un vasto potencial de hidrocarburos. El Servicio Geológico de Estados Unidos estima que el noreste de Groenlandia contiene alrededor de 31 mil millones de barriles de petróleo equivalente, una cantidad comparable al total de las reservas probadas de crudo de Estados Unidos.
Aunque casi el 80% de la isla permanece cubierta por hielo, la superficie libre —casi el doble del tamaño del Reino Unido— sugiere que bajo el casquete glaciar podrían ocultarse enormes reservas aún sin explorar, lo que ha impulsado investigaciones conjuntas de Dinamarca y Estados Unidos sobre su viabilidad comercial.
Paradójicamente, el cambio climático está facilitando el acceso a estos recursos. Desde 1995, Groenlandia ha perdido una superficie de hielo equivalente al tamaño de Albania, una tendencia que podría acelerarse si no se reducen drásticamente las emisiones globales de carbono.
Hoy, la explotación de recursos está estrictamente regulada por el gobierno groenlandés bajo marcos legales vigentes desde los años setenta, pero el creciente interés de Estados Unidos podría intensificar la presión para flexibilizar controles y otorgar nuevas licencias, abriendo un dilema entre aprovechar el potencial energético y preservar uno de los ecosistemas más frágiles del planeta.