Norteamérica 2026: el Mundial como proyecto geopolítico

En un momento en que el nearshoring está redibujando el mapa económico mundial, la Copa del Mundo funcionó como un mensaje político y económico.

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Mundial no debe confundirse con un proyecto latinoamericano
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Cuando Estados Unidos, México y Canadá ganaron la candidatura para organizar conjuntamente el Mundial de 2026, la noticia fue presentada como un triunfo deportivo. Ocho años después, queda claro que el torneo terminó siendo mucho más que eso: un ejercicio de diplomacia deportiva, integración económica y posicionamiento geopolítico para Norteamérica.

En una época marcada por la rivalidad entre Estados Unidos y China, la relocalización de cadenas de suministro y el fortalecimiento de bloques regionales, el Mundial se convirtió en una vitrina para mostrar a Norteamérica como una región integrada. La lógica fue sencilla: si los tres países pueden coordinar seguridad, infraestructura, movilidad, logística y promoción turística para el evento deportivo más importante del planeta, también pueden presentarse ante inversionistas y empresas como una plataforma económica común.

Sin embargo, el Mundial no debe confundirse con un proyecto latinoamericano. Aunque México aporta un enorme peso simbólico y cultural, la realidad es que la Copa del Mundo refleja principalmente el poder económico de Estados Unidos. De las 16 ciudades sede, 11 están en territorio estadounidense, mientras que México cuenta con tres y Canadá con dos. Además, la mayor parte de los partidos, los ingresos comerciales y la derrama económica se concentran en Estados Unidos.

Las cifras muestran claramente esta asimetría. Estados Unidos absorbió la mayor parte de las inversiones asociadas al torneo gracias a su red de estadios, aeropuertos y centros de transporte. México realizó inversiones cercanas a los 1,300 millones de dólares para mejorar movilidad urbana, conectividad y espacios públicos en Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara. Canadá también realizó adecuaciones importantes, aunque en una escala menor.

La diferencia respecto a otros mundiales es que Norteamérica no tuvo que construir un país para recibir el torneo. A diferencia de Brasil 2014 o Qatar 2022, gran parte de la infraestructura ya existía. Esto permitió que los recursos públicos se enfocaran más en transporte, logística y renovación urbana que en estadios nuevos con poca utilidad posterior.

También existe un contraste político interesante. La candidatura fue impulsada originalmente durante los gobiernos de Enrique Peña Nieto, Justin Trudeau y Donald Trump. Sin embargo, la ejecución final del proyecto recayó en administraciones distintas: Claudia Sheinbaum, Mark Carney y nuevamente Trump en Estados Unidos. Pese a las diferencias ideológicas y los desacuerdos en temas migratorios o comerciales, el Mundial se mantuvo como una agenda común, algo poco frecuente en la región.

Quizá ese sea el verdadero legado del torneo. Más allá de los resultados en la cancha, el Mundial demostró que Norteamérica puede actuar como bloque cuando existen intereses compartidos. No significa que haya surgido una identidad regional comparable a la europea, pero sí una conciencia más clara de que la competitividad de la región depende cada vez más de la cooperación entre sus tres economías.

En un momento en que el nearshoring está redibujando el mapa económico mundial, la Copa del Mundo funcionó como un mensaje político y económico: Norteamérica quiere ser vista no sólo como tres países vecinos, sino como una de las regiones más integradas y competitivas del planeta. El balón fue la excusa; la geopolítica era el verdadero partido.

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Sofía Niño de Rivera

Sofía Niño de Rivera

Internacionalista con más de 15 años de experiencia en el sector gobierno, así como en análisis político nacional e internacional en medios de comunicación. Columnista en Petróleo y Energía y conductora de Weekly Energy Internacional de P&E.

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