La producción y consumo de gas natural en América Latina continúa en expansión, impulsada por su uso en la generación eléctrica, la industria y los hogares. Sin embargo, esta dependencia creciente contrasta con la realidad de la región: las reservas probadas son limitadas, lo que plantea desafíos en materia de sostenibilidad energética y seguridad de suministro.
En las últimas dos décadas, el gas natural se ha consolidado como un recurso estratégico por su papel en la transición hacia fuentes más limpias. Al ser un combustible fósil menos contaminante que el carbón o el petróleo, muchos países latinoamericanos lo han adoptado como fuente primaria de energía. No obstante, su extracción, transporte y manipulación generan emisiones de dióxido de carbono, lo que mantiene el debate sobre su verdadera contribución a la descarbonización.
De acuerdo con datos recientes, México y Argentina ya dependen del gas natural como su principal fuente de energía primaria, mientras que menos del 15% del consumo total proviene de fuentes renovables. México, de hecho, se encuentra entre los diez mayores consumidores de gas natural a nivel mundial, una situación que lo ha llevado a aumentar su dependencia de las importaciones.