Al instaurar el Escudo de las Américas, Donald Trump formalizó un marco hemisférico que implica el aislamiento relativo de México en la arquitectura de seguridad regional. A eso se suma un calendario político en el que Colombia entra en la fase decisiva de sus elecciones presidenciales —con probable giro a la derecha— y Brasil se dirige a una elección general en octubre. Así, el margen de maniobra mexicano depende de un vecindario geopolítico cada vez menos neutro.
En ese contexto, se fueron haciendo públicas diversas muestras de acercamiento entre los gobiernos de México y Brasil en materia de hidrocarburos, que culminaron con la visita a nuestro país de las máximas autoridades de Petrobras y el anuncio de una nueva era de cooperación entre la petrolera nacional brasileña y Pemex.
Esta sin duda es una buena noticia y nos lleva a recordar el éxito de Petrobras en exploración, desarrollo y extracción de hidrocarburos en aguas profundas, tanto dentro como fuera de como sus crecientes capacidades técnicas en refinación y petroquímica. Todo ello, con base en una sólida plataforma de investigación científica, desarrollo tecnológico y formación de recursos humanos.
En el plano institucional, Brasil ofrece un caso empírico ejemplar de la importancia de “construir empresa antes de la abundancia petrolera”. En efecto, Petrobras se desarrolló y consolidó porque el Estado construyó primero una adecuada arquitectura petrolera y sólo después llegó la gran confirmación del potencial geológico del país. La Ley 2.004 de 1953, que consagró el monopolio articulado por el Conselho Nacional do Petróleo y el inicio de operaciones de Petrobras en 1954, precedieron al descubrimiento del campo Garoupa en la Cuenca de Campos en 1974 y al salto tecnológico del PROCAP en 1986.
En otras palabras, Brasil diseñó un modelo de seguridad energética antes de tener la primera gran evidencia de su riqueza petrolera. Esa secuencia importa mucho: primero hubo Estado, empresa, mandato, industria y dirección. Después llegaron los descubrimientos, la escala volumétrica y la sofisticación tecnológica.
Hay un dato histórico que es útil recordar: la creación de Petrobras no fue sólo resultado de la movilización “O Petróleo é nosso”, sino también de un pacto electoral que supo convertir el monopolio estatalen herramienta política. Los militares brasileños, particularmente desde el Conselho Nacional do Petróleo y más tarde desde la Escola Superior de Guerra, entendieron al petróleo como un instrumento de desarrollo nacional y, a la vez, como palanca de la política exterior frente a Estados Unidos. Esa doble dimensión —interna y externa— es lo que convirtió a Petrobras en una institución de Estado, no sólo en una empresa.
Las cifras recientes de extracción de hidrocarburos en Brasil confirman la importancia de la visión de largo plazo descrita y de la secuencia de decisiones político–institucionales que produjo. Brasil, en conjunto, alcanzó en 2025 una producción promedio histórica de 3.77 millones de barriles diarios de petróleo y marcó un nuevo récord en febrero de 2026, al llegar a 4.06 millones de barriles diarios de petróleo.
Petrobras, con los campos que explota sola o en colaboración con socios, aporta algo más del 90% del volumen de crudo extraído y, de este, el 80% proviene de sus yacimientos en aguas profundas. Más allá de las impresionantes cifras, el punto sustantivo es que Brasil no ha obtenido este éxito solamente por su potencial geológico; sino también y, sobre todo, por un adecuado y oportuno diseño institucional.
Una lección que puede obtenerse del estudio comparado de empresas petroleras nacionales es que, en un país importador, los objetivos del Estado y los de la empresa nacional pueden converger con mucha más facilidad que en un país exportador. Brasil, siendo importador muchos años, logró articular seguridad de suministro, industrialización y expansión tecnológica dentro de un mismo proyecto. Esa convergencia explica que Petrobras pudiera abrirse, competir y seguir siendo útil al interés nacional, incluso después de la ruptura de su monopolio en el año 1995.
En América Latina existe una tentación recurrente: cuando la empresa nacional pierde capacidad técnica, financiera o gerencial, se intenta compensar reforzando la presencia gubernamental a través del ministerio o la secretaría responsable del sector. Esto produce una apariencia de control, pero no sustituye al operador: sólo lo asfixia. Sin empresa fuerte, con autonomía financiera y técnica, el gobierno queda sin contraparte real y termina administrando un declive operativo ineluctable, no regulando una estrategia de recuperación de capacidades.
El punto clave siempre es el equilibrio. La empresa nacional no puede ser ni ministerio de energía encubierto, ni simple administradora de contratos con el Estado o particulares. Debe tener autonomía presupuestal, capacidad de decisión sobre proyectos estratégicos y (como es el caso en Petrobras y Ecopetrol) una representación de los trabajadores en su consejo de administración. La ausencia de los trabajadores en el consejo de Pemex desde 2014 no es un detalle menor: es síntoma de una gobernanza que se diseñó para la disciplina administrativa, no para la ejecución técnica. Así sólo se administra el corto plazo y se dificulta el diálogo social interno.
Hicimos esta revisión de algunos aspectos clave de la arquitectura sectorial brasileña, de la cual, Petrobras es pieza esencial porque, más allá de las sinergias en materia extractiva y de transformación industrial que puedan establecerse entre la empresa nacional brasileña y nuestra empresa pública, también del intercambio de experiencias en el sendero institucional recorrido por ambas entidades, pueden surgir conclusiones venturosas para el presente y el futuro.